Por: Tomás Andrés Ochoa Mejía
Los primeros días de diciembre teníamos que peregrinar con nuestra madre a la fábrica de calcetines Pepalfa para comprar medias más baratas para mi papá y 14 hijos.
Pasábamos de largo por la sección de calcetines finos, pues solo podíamos permitirnos los de rayas y cuadros horrorosos que nunca supimos combinar con la ropa, eso sí es que encontrábamos un par completo, pues en casa había un duende que trocaba las medias.
Mi madre, con ayuda de un bombillo las zurcía hasta lo imposible porque eran malas y nuestras uñas del dedo gordo las rompían con rapidez.
Pero cuando la prenda no daba más y sus resortes debilitados las hacían caer a nuestros tobillos, se operaba el prodigio:
Por si no lo saben, una media pepalfa vieja sirve para amarrarse la cabeza cuando a uno le duele la cabeza.
Sirve para cuñar la máquina de moler, o para que la mamá de uno esconda la plata en los paseos a la costa; sirve para trapo de cocina y para causarte un dolor terrible cuando tu madre te estrega el mugre detrás de las orejas.
Yo extraño los calcetines Pepalfa porque ya no hay quien los zurza hasta lo imposible.
Por eso hay que intentar un poema que una los mil retazos de mis recuerdos "A MEDIAS", para poder remendar mi nostalgia.
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