CONFORMISMO: LA PEOR DESGRACIA DE UN JUEZ
A un anciano magistrado jubilado que en cincuenta años ha recorrido con honor todos los grados de la magistratura, desde los más humildes hasta el supremo, le he oído estas sabias palabras.
Lo que puede constituir un peligro para los magistrados no es el soborno; casos de soborno por dinero, en cincuenta años de experiencia, he visto tan pocos, que se cuentan con los dedos de una sola mano; y siempre los he visto descubiertos y castigados con puniciones ejemplares. Tampoco pueden considerarse amenazas muy graves para la independencia de los magistrados las intromisiones políticas: son frecuentes pero no irresistibles. El magistrado recto no las toma en serio, y es muy raro que esta inflexibilidad suya le produzca algún peligro.
El verdadero peligro no viene de fuera; es un lento agotamiento interno de las conciencias que las hace aquiescentes y resignadas: una creciente pereza moral, que a la solución justa prefiere, cada vez más, la transacción, porque ésta no turba la vida tranquila y por que la intransigencia exige demasiado trabajo.
En mi larga carrera, nunca me he encontrado cara a cara con jueces sobornables pero si he conocido, no pocas veces, a jueces indolentes, desatentos, desganados, dispuesto a detenerse en la superficie con tal de evitar el duro trabajo de perforación que tiene que emprender el que quiera descubrir la verdad. Esta superficialidad me ha parecido a menudo una conciencia inevitable y excusable de la excesiva mole de trabajo que gravitaba sobre algunos magistrados; pero he conocido a algunos (los mejores) que, aun sobrecargados así, lograban a fuerza de robar horas al sueño, estudiar con escrupulosa diligencia todas las causas que se les encomendaban...
La pereza lleva adormecerse en la costumbre, lo que significa embotamiento de la curiosidad crítica y esclerosis de la sensibilidad humana; a la punzante piedad que obliga al espíritu a vigilar permanentemente, sustituye con los años la comida indiferencia del burócrata, que le permite vivir dulcemente adormecido. Hasta las recomendaciones, que no hacen presa en los magistrados despiertos, pueden parecer a estos burócratas somnolientos como una forma no desagradable de colaboración, que les permite adoptar, ya elaborada y lista una opinión ajena (la del amigo que recomienda), sin el trabajo de decidir por su cuenta: escuchar los rumores que corren, recoger la frase de un amigo en el café, cuesta menos esfuerzo que leer con atención cincuenta folios de una instructora.
El anciano magistrado calló unos instantes, y después concluyó:
-Créame, la pero desgracia que podría ocurrirle a un magistrado, sería la de enfermar de ese terrible morbo de los burócratas que se llama el conformismo.
PIERO CALAMANDREI
Fragmento extraído del elogio de los jueces,
Ediciones jurídicas Europa – America, Buenos Aires, 1956
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