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NOVIEMBRE DE 2004

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CONTENIDO

Editorial3
Cantera7
Con la toga al cuello9
La sofística y el sistema acusatorio11
La carrera judicial en la Fiscalía General de la Nación ¿Necesidad o habladuría?18
La reelección, desafío a Colombia21
Reelección con garantías23
Agujeros negros, peligrosos y deliciosos25
La inmigración colombiana en España37
Sonetos punitivos de Neruda contra Laureano Gómez42
El sistema acusatorio y los derechos humanos51
Los cambios políticos y legislativos en Colombia61
Doce poemas de amor66
Una sombra de colores rojos, lilas y negros71
Érase una vez... ¿usted o yo?74

EDITORIAL

Fuimos muchos los que hace diez años asistimos al nacimiento y bautizo de la revista del Colegio de Jueces y Fiscales de Antioquia. Recordamos a Merceditas Londoño en la presidencia, a Andrés Nanclares en la dirección de la revista y a Gloria Montoya, gestora no solo de esta iniciativa sino del Colegio mismo. Fue padrino en aquella ocasión, el doctor Carlos Gaviria Díaz, por entonces magistrado de la Corte Constitucional, quien se mostró gratamente sorprendido de que una revista, nacida de la entraña judicial, no llevara el nombre de Temis y en su lugar se llamara Berbiquí.

Hoy, la criatura que vimos nacer ya camina y habla con voz propia, lleva a cuestas veintinueve números y dos ediciones especiales, y ya es tiempo de entregar su dirección, a partir del próximo año, a personas que sigan el consejo que nos dio la desaparecida María Mercedes Carranza de "combinar en sus páginas lo recto de los códigos con lo diagonal de la poesía". Una de las primeras acciones de la nueva dirección será considerar la propuesta que el doctor Pérez Silva nos hace en su carta, al recordar que siempre debe haber un espacio abierto 'a los más atrevidos aleteos de la imaginación', como se postuló en el primer editorial.

Gracias a todos, especialmente a Andrés, por creer en mí. Sucedería no fue fácil. Pero mejor que hablar de nosotros mismos es dejar que otros lo hagan y quién mejor que nuestro primer director. Al conmemorar los diez años de la revista, esto fue lo que nos dijo:

Berbiquí: juguete para romper la cáscara del huevo

Buenas noches:

Reciban mi abrazo agradecido. Han sido ustedes, desde siempre, muy generosos conmigo. En mis horas difíciles, obra de los arribistas de oficio, tuve en mis manos, a la distancia, sus manos solidarias. Hoy, gracias a la invitación que me han hecho, siento de cerca la cálida sinceridad de la mayoría. Por todo esto y mucho más, inclúyanme en las cuentas de su abalorio como un amigo de verdad.

Mientras tanto, démonos a celebrar los diez años de Berbiquí, el pulpito desde el cual hemos echado a volar el alma.

A mi modo de ver, como condición para dar a luz el primer número de una revista, basta la preñez de un sueño. Lo difícil, según lo han dicho otros, es hacer realidad las ediciones siguientes.

Por lo que le entiendo a Ambroise Bierce, mordaz escritor norteamericano desaparecido en México durante la Guerra de los Cristeros, no es suficiente un sueño para asegurar la existencia y la continuidad de una revista. Un brevísimo cuento suyo, así lo indica. Su título, nada ajeno a nosotros, es El caminante y el asaltante callejero. Si no les molesta, les pido un minuto de su tiempo para que lo escuchen. Éste es el texto de Bierce, autor del Diccionario del Diablo.

Un asaltante callejero, detuvo a un caminante y, amenazándolo con un arma, le gritó:

—¡La bolsa o la vida!

—Mi buen amigo —dijo el caminante—: de acuerdo con los términos de su exigencia, la bolsa va a salvarme la vida, y la vida me va a salvar la bolsa.

Entiendo que tomará usted una u otra, pero no las dos a la vez. Bien. Si eso es lo que usted quiere decir, le ruego que tome mi vida.

—No señor. No es eso lo que quiero decir —respondió el asaltante callejero—. No puede salvar la bolsa dándome la vida.

—En ese caso, tome mi vida. Da lo mismo —dijo el caminante—. Si la vida no puede salvarme la bolsa, mi vida no vale nada.

El asaltante callejero se sintió tan seducido por la filosofía y el ingenio del caminante, que se asoció con él y de la espléndida combinación de ambos talentos, nació una revista.

A juzgar por el contenido de este relato, Ambroise Bierce y yo no estamos de acuerdo. Para fundar una revista y mantenerla viva, son necesarios, además de un sueño, otros ingredientes: dinero, ingenio y vitalidad.

Por fortuna, los jueces y los fiscales de Antioquia, decididos a no perder su vida en el trapicheo de sus quehaceres burocráticos, accedieron a entregar su bolsa a dos asaltantes de las callejas del sueño, aunque dotados, por lo menos yo, más de ganas de dibujar garabatos en el aire que de talento para bosquejarlos con alguna especial maestría.

Esos dos candorosos maleantes, somos Olga María Toloza y yo. Yo, el determinador, sólo aporté el taladro, esto es, el berbiquí, para abrir la caja de caudales del pensamiento y la imaginación. Olga María, por su parte, poseída por la fuerza de los picapedreros, le ha dado continuidad, sin que yo haya dicho mu, al saqueo de esas maravillas.

Los verdaderos responsables de esta violación al bien jurídico de la pasividad intelectual, tutelado celosamente por la cultura hegemónica, no somos, entonces, Olga María y yo. Son los jueces y los fiscales que aportaron el monto de su bolsa para que Berbiquí se hiciera realidad. Fueron ustedes los autores intelectuales de este delito contra las buenas costumbres.

Olga María y quien les habla, desde siempre, sólo hemos sido sus instrumentos. Hoy, como Pilatos, nos lavamos las manos. Pero, eso sí, por debajo de la mesa, entre las sombras, cruzamos los dedos para que ustedes no cejen en el empeño de levantarle la falda a las verdades reveladas.

Nada más divertido que jugar a quitarle la máscara a las mentiras disfrazadas de verdad. Nada más enriquecedor que el deicidio y nada más satisfactorio que dejar viringas, con las manos de seda de la imaginación, las razones de estado y las de la moral social cultural que nos niegan el placer de tocarle las partes nobles a la vida.

Por eso hoy, cuando la revista cumple diez años, ustedes deberían plantearse a sí mismos un desafío: mantener viva, contra todas las adversidades, a Berbiquí. No soy quién para revelarles claves orientadas a lograrlo. Pero sí siento el deber de infundirles energía para que no desistan de hundir cada vez con más saña la púas del espíritu crítico en la endurecida y rugosa piel de la realidad y de darse el gusto de saltar los valladares de la razón establecida.

La idolatría a la ley escrita, entendida como representación de los convencionalismos, nos tiene a todos, a nuestros conciudadanos y a nosotros mismos, al borde del abismo. Por el bien de ellos y de nosotros, acorralados en las alambradas que circundan la planicie de nuestro corazón y de nuestra cabeza, deberíamos hacer algo por escaparnos, validos de nuestras habilidades de hombres y de funcionarios, hacia la cima de los sueños.

Esa aventura hacia la conquista del país del sueño —bien lo saben ustedes—, tiene sus riesgos. No nos lleva a lo que los escaladores llaman el éxito. Nos conduce, en cambio, con toda seguridad, a la plenitud de espíritu. No me gustaría verlos a ustedes reptar en busca de la vacuidad del éxito, eso que los norteamericanos nos han impuesto como ideal de vida, y negados a tomar vuelo en pos del territorio de los imposibles. Eso, porque los quiero, no me gustaría.

Un tango muy conocido, Las cuarenta, en su derrotismo, nos invita a no pensar ni equivocados para que no nos bauticen giles. Pero un conocido soñador, en cambio, nos advierte que "sólo quienes tienen tempestades en la mente producen relámpagos".

Por la pura gracia de existir, los invito a cultivar sus tempestades interiores y a adornar su vida con las luces de bengala de los relámpagos que sus mentes produzcan. Quienes por temor al ridículo o a la guillotina burocrática temen arriesgar una opinión, sobre todo si es a contracorriente de la VERDAD con mayúsculas, se pierden el placer que produce el hecho de lanzar al viento, desde las páginas de Berbiquí, contra todos los azares, el chisporroteo de nuestras desdichas y nuestras alegrías; nuestros desacuerdos y nuestros asentimientos.

Con ese fin, justamente, fue concebida Berbiquí. Se pensó en ella como una cantera de posibilidades al servicio de los hombres que padecemos o gozamos el desgarrador oficio de juzgar las conductas ajenas. No quisimos que ella fuera una revista de derecho más entre el montón. La ilusión siempre fue convertirla en una publicación fuera de serie. Sui géneris, como dicen algunos, por lo menos dentro del medio judicial. Quisimos que hiciera las veces de un oasis en medio del desierto. Que se convirtiera, más que un medio de difusión de la ley, la jurisprudencia y el pensamiento jurídico, en un instrumento de provocación.

Hoy, cuando Berbiquí cumple diez años, mi deseo es que no pierdan esta ruta. En ella, antes que los funcionarios, deben expresarse los hombres y, obvio, para que no se enojen, las mujeres. Ella fue hecha para desarrollar, a través de sus páginas, lo que el profesor español Manuel Atienza denomina las "virtudes internas" de la judicatura.

Para contribuir a darle cuerpo a las "virtudes externas" del oficio de juzgar, es decir, para conocer el derecho y sus intríngulis, el mercado ofrece infinito número de revistas. Mi llamado, idéntico a mi propósito inicial, es a que eviten extraviar el camino. Se vería muy mal, o por lo menos los pondría a ustedes en la pantalla de los jueces domesticados, si le asignaran a Berbiquí el cumplimiento de ese papel en el medio. Obstinarse en acariciar el corazón rocoso de la ley, conduce a la muerte en vida de quien lo hace. Pero persistir en taladrar su almendra hasta sentir los tremores de la realidad y tocarla en su plena desnudez, lo lleva a uno a hacer las paces con la vida verdadera.

Hacer esas paces con la vida, acto prohibido hasta por el Catecismo Astete y el Código de Policía, debe ser la meta alta de los jueces y fiscales de corte visionario. Abrazarse a la muerte, a ese marasmo de Bartieby, el escribiente de Hermán Melville, es propio de los jueces de palo y los fiscales de secano.

En sus diez años, Berbiquí, a través de mi voz, los invita a optar por la vitalidad que ofrece el espíritu de la controversia. Si contemporizamos, cada vez vamos a infundirle mayor fuerza al Gran Hermano, el personaje de la novela de Orweil, para que implante en nuestro medio el reinado de la tiniebla.

Esta noche, hagamos cruces para que Berbiquí—y valga el juego de palabras— sea conocida y reconocida, no sólo en Antioquia sino en todo el país, como la única revista alumbranoches en un espacio de personas tradicionalmente amaestradas para sentirse cómodas en medio de la oscuridad. Ella debe hacer ver a sus lectores una luz al otro lado del río, como dice la canción que ambienta la película Diarios de motocicleta. Yo, sin ningún tapujo, y por dármelas de ventiao, me atrevería a decírselos de otra forma: hagamos de Berbiquí, a partir de hoy, si mis palabras no les hieren los oídos, un juguete de ésos que sirven para romper la cáscara del huevo.

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