Pequeña divagación sobre una idea:
¨El hombre fue desarrollando la conciencia lenta y laboriosamente, en un proceso que necesitó incontables eras para alcanzar el estado civilizado (que arbitrariamente, se fecha con la invención de la escritura, hacia el 4000 A. de J. C.) y esa evolución está muy lejos de hallarse completa, pues aún hay grandes zonas de la mente humana sumidas en las tinieblas¨. Carl Gustav Jung.
Me parece que como resultado del desarrollo de esa conciencia, el hombre creó la necesidad de empezar a medir el tiempo, manteniendo así un balance racional de su historia y poder acudir a él cuando le fuera necesario para no confundir la cronología de su conciencia, pues al fin y al cabo, ella le implica por su propia naturaleza, la inherente preocupación de superar este aspecto como una de las responsabilidades que tubo que asumir cuando quizo emerger a la comprensión racional del mundo.
Si por ejemplo un animal, que no ha participado de esta evolución de la conciencia vive, por decirlo así, sin aprender a conjugar el tiempo como mínimo en sus tres fundamentales aspectos de pasado, presente y futuro, se puede argumentar que al mantenerse en su inconsciencia carece de la noción del tiempo y lo mismo le será el ayer que el mañana, o lo que conoce o intuye hoy como lo que conocerá o intuirá desde siempre y por siempre.
De lo anterior se puede concluir que la inconsciencia, por su propia naturaleza está desligada del factor tiempo (invento exclusivo de la conciencia del hombre), y en tal virtud le será para ese hombre una obligación el ser feliz, porque al superar éste factor, verá que por siempre y desde siempre, con base en esa felicidad fue y será igual y proporcionalmente feliz, y por esa sola razón debe estar en paz con las deudas de su consciente, a fin de que su pasivo no se traslade al patrimonio infinito de su natural inconsciente, de por sí, porcentualmente muchísimo más inmenso, y por lo tanto dominante en su particular forma de ser.
Si se quiere ser más especulativo, se podría argumentar que ese es el precio y el tácito propósito entregado por el árbol del conocimiento al hombre, cuando éste quiso, desde un paraíso totalmente ajeno al factor tiempo, comprender el mundo desde una faceta distinta a la obvia y natural, para entregarse a comprobar ecuacionalmente esa comprensión, y en la medida en que una operación de simple sentido común, o por decirlo de otra manera, de aritmética o intuición básica lo demuestra, requiere una y otra vez de una y otra ecuación para re-comprobar que la anterior no está equivocada. Es como si ese hombre estuviera empeñado con un escepticismo extremo, a no creer que no es necesario darle la vuelta a una montaña para saber que ahí está la montaña.
LUIS FERNANDO HERNANDEZ GALLEGO.
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